La alimentación es mucho más que ingerir alimentos: es una experiencia sensorial, social y emocional. Para algunas personas, especialmente durante la infancia, este proceso puede convertirse en una fuente constante de conflicto, ansiedad y estrés. En estos casos hablamos de selectividad alimentaria, una dificultad que va más allá del “no me gusta” y que puede afectar de forma significativa a la calidad de vida.

¿QUÉ ES LA SELECTIVIDAD ALIMENTARIA?

La selectividad alimentaria se caracteriza por una preferencia muy marcada por ciertos alimentos y un rechazo persistente hacia otros, lo que da lugar a una dieta muy limitada y poco variada. Este rechazo no suele estar relacionado únicamente con el sabor, sino también con otros aspectos como la textura, el color, el olor, la temperatura, la forma de presentación o incluso los utensilios utilizados para cocinar o comer.

Es habitual que aparezca en la infancia como parte del desarrollo normal. Sin embargo, cuando se mantiene en el tiempo y no se amplía el abanico alimentario, puede suponer un riesgo para la salud física y emocional. En algunos casos, la selectividad alimentaria se asocia a dificultades sensoriales, problemas conductuales o trastornos del neurodesarrollo.

¿QUIÉNES SON MÁS PROPENSOS A DESARROLLARLA?

La selectividad alimentaria se observa con mayor frecuencia en niños, ya que suelen mostrar una mayor resistencia a probar alimentos nuevos. Aun así, puede persistir en la adolescencia y la edad adulta si no se aborda adecuadamente.

Existen diferentes factores que pueden influir en su aparición. Por un lado, la predisposición genética: si hay antecedentes familiares, es más probable que se repitan estos patrones. Por otro lado, las personas con sensibilidades sensoriales intensas pueden experimentar rechazo ante determinadas texturas, sabores u olores.

También influyen las experiencias negativas relacionadas con la comida, como presiones excesivas para comer, castigos o situaciones estresantes en la mesa. A nivel emocional, la ansiedad y el estrés juegan un papel importante en la forma en que una persona vive el momento de comer.

EL PROCESO DE ALIMENTARSE: MUCHO MÁS QUE COMER

Comer no empieza directamente en el acto de llevarse el alimento a la boca. Antes de llegar a ese punto, la persona atraviesa diferentes fases que es importante respetar:

  • Tolerar la presencia del alimento: estar en la misma habitación, verlo en la mesa o en su propio espacio.
  • Interactuar sin tocarlo directamente: ayudar a servirlo, moverlo con utensilios o colaborar en su preparación.
  • Oler el alimento, primero en el ambiente y después de forma más cercana.
  • Tocar progresivamente: con la punta de los dedos, la mano, los labios o la lengua.
  • Saborear poco a poco, con posibilidad de escupir.
  • Comer, masticar y tragar de forma autónoma.

Respetar este proceso ayuda a reducir la ansiedad y facilita una relación más positiva con la comida.

EL PAPEL DE LOS SENTIDOS EN LA SELECTIVIDAD ALIMENTARIA

Muchas dificultades alimentarias están relacionadas con cómo el cerebro procesa la información sensorial. Algunos ejemplos frecuentes son:

  • Sensibilidad táctil: rechazo a ciertas texturas o temperaturas.
  • Dificultades motoras: problemas para mantenerse sentado o usar cubiertos.
  • Sensibilidad al movimiento: incomodidad si hay personas caminando alrededor.
  • Estimulación visual o auditiva excesiva: dificultad para comer con pantallas encendidas.
  • Sensibilidad al olor o al sabor: rechazo a alimentos con determinados aromas o, por el contrario, aceptación solo de sabores muy concretos.

Entender estos factores es clave para poder intervenir de forma adecuada.

CONSECUENCIAS DE NO ABORDAR LA SELECTIVIDAD ALIMENTARIA

Cuando no se trata, la selectividad alimentaria puede provocar déficits nutricionales, afectando al desarrollo físico y cognitivo, especialmente en la infancia. A nivel emocional, puede generar ansiedad, vergüenza y dificultades en situaciones sociales como comidas familiares o salidas a restaurantes.

Todo ello puede impactar de forma negativa en la autoestima, las relaciones personales y la calidad de vida, por lo que una intervención temprana marca una gran diferencia.

¿CUÁNDO Y CÓMO HACERLO?

Es importante buscar ayuda profesional cuando la persona consume muy pocos alimentos, rechaza de forma intensa cualquier novedad y el momento de comer se convierte en una situación de conflicto o estrés. La intervención debe ser siempre respetuosa, flexible y no invasiva, adaptándose al ritmo y la tolerancia de cada persona.

El abordaje debe incluir una evaluación previa y un plan individualizado, teniendo en cuenta aspectos sensoriales, motores, emocionales y comunicativos. La implicación de la familia es fundamental para crear un entorno seguro y favorecer avances reales y duraderos.