Cuando hablamos de demencia, solemos centrarnos en el deterioro cognitivo. Sin embargo, el movimiento y el ejercicio terapéutico juegan un papel clave en el mantenimiento de la autonomía, el bienestar emocional y la calidad de vida de las
personas que conviven con esta enfermedad.

¿Qué es el ejercicio terapéutico?

El ejercicio terapéutico consiste en un conjunto de movimientos, posturas y actividades físicas controladas, diseñadas y supervisadas por un profesional de la salud, habitualmente un fisioterapeuta. Su finalidad es tratar o prevenir alteraciones
físicas, restaurar o mantener la función, aliviar el dolor y mejorar aspectos como la fuerza, la movilidad, el equilibrio y la flexibilidad.

A diferencia del ejercicio físico general, el ejercicio terapéutico está adaptado de forma individual a cada persona y a su patología, se realiza bajo supervisión profesional y persigue un objetivo terapéutico claro: mejorar una condición de salud y favorecer la integración de la persona en su vida diaria con la mayor autonomía y capacidad funcional posible.

¿Cómo el ejercicio terapéutico nos puede ayudar a mejorar la calidad de vida en demencias?

En el caso de las demencias, el ejercicio terapéutico aporta beneficios que van
mucho más allá del ámbito físico. La mejora de la fuerza, el equilibrio y la movilidad
resulta clave para mantener la funcionalidad y reducir el riesgo de caídas,
favoreciendo una mayor seguridad en las actividades cotidianas.

Mantener la capacidad de moverse, levantarse o participar en las actividades del día
a día
influye directamente en la percepción de autonomía. Conservar estas
habilidades refuerza la autoestima y el sentimiento de competencia, permitiendo que
la persona siga sintiéndose válida y capaz de hacer cosas por sí misma, un aspecto
fundamental para la calidad de vida.

Al mismo tiempo, la actividad física tiene un impacto positivo a nivel emocional, ya
que contribuye a mejorar el estado de ánimo y a reducir síntomas frecuentes como
la apatía, la ansiedad o la depresión. La liberación de endorfinas asociada al
ejercicio ayuda a canalizar la inquietud o la agitación, generando sensaciones de
calma y bienestar.

Además, cuando el ejercicio terapéutico se realiza en compañía o en grupo, se
convierte en una oportunidad para la interacción social. Este espacio favorece la
comunicación, reduce el aislamiento y fortalece los vínculos con otras personas,
aportando un importante beneficio emocional.

El ejercicio terapéutico también contribuye a estructurar el día a día. La creación de
una rutina ayuda a la orientación temporal y, cuando la actividad física se realiza de
manera regular, se observa una mejora en la calidad del sueño nocturno, algo
especialmente relevante en personas con demencia.

La importancia de un ejercicio adaptado y supervisado

Para que todos estos beneficios se den, es imprescindible que el ejercicio esté
adaptado y supervisado. Antes de comenzar cualquier intervención, se realiza una
valoración individual en la que se tiene en cuenta la condición física de la persona,
el tipo y grado de demencia y sus capacidades actuales.

En muchos casos, la información aportada por la familia resulta clave para conocer
qué aspectos se desean mejorar. Cuando la persona conserva suficiente capacidad
cognitiva, también se consideran sus propios objetivos. A lo largo del proceso, se
utilizan distintas herramientas de valoración que permiten ajustar los objetivos y
adaptar la intervención según la evolución.

Una vez realizada esta valoración, se diseñan las sesiones de ejercicio terapéutico,
que pueden ser individuales o grupales. Aunque cada sesión se adapta a la persona
o al grupo, suelen tener una duración aproximada de entre treinta y cuarenta y cinco
minutos, en función del estado físico, la tolerancia y la capacidad de atención.

Las sesiones persiguen objetivos como mantener la movilidad y la funcionalidad,
favorecer la autonomía, estimular la participación social y ofrecer una experiencia
agradable que favorezca la continuidad en el tratamiento.

Ejercicio terapéutico en la práctica: cómo trabajamos las sesiones

Habitualmente, la sesión comienza con un breve inicio en el que se explica de forma
sencilla qué se va a realizar. Este momento se aprovecha para trabajar aspectos
cognitivos básicos, como la orientación temporal o el reconocimiento del profesional
y de los compañeros en el caso de sesiones grupales, y para preparar el cuerpo
mediante ejercicios suaves de movilidad articular y respiración.

A continuación, se desarrolla la parte principal, en la que se incluyen ejercicios
funcionales orientados a mejorar la fuerza, la movilidad y el equilibrio, siempre
adaptados a las capacidades de la persona. En las sesiones grupales, se incorporan
actividades que fomentan la interacción social, el trabajo conjunto y la motivación.

Finalmente, la sesión concluye con una vuelta a la calma, en la que se realizan
ejercicios de respiración, estiramientos suaves y técnicas de relajación
acompañadas de música agradable, finalizando siempre con un refuerzo positivo
que genere sensaciones de bienestar.

Es importante recordar que este planteamiento es solo un ejemplo, ya que la
intervención se adapta siempre a las características y necesidades de cada
persona. Incluso en el trabajo grupal, se pueden individualizar los ejercicios para
responder a cada caso concreto.

En definitiva, el ejercicio terapéutico es mucho más que movimiento. Se trata de una
de las intervenciones no farmacológicas con mayor evidencia en la mejora de la
calidad de vida de las personas que conviven con una demencia. Mantener la
autonomía y la funcionalidad el mayor tiempo posible no solo beneficia a quien
padece la enfermedad, sino también a sus cuidadores, ya que reduce la sobrecarga
física y emocional y mejora la convivencia diaria.